Cuarta parte
Reflexión sobre
los orígenes
Las series de
interrogantes
1. Primera serie de interrogantes
¿Por qué Satán (el mal propiamente dicho) se llama « la serpiente
antigua »? (El Apocalipsis 12:9) ¿Por qué esta palabra
antigua? ¿Antigua en relación con quién o en relación con qué? ¿Existió el
mal en la eternidad pasada como una divinidad antigua
o como un componente cualquiera del corte celeste que hubiera tomado a
continuación una dirección contraria? ¿Por qué Dios tiene carros de guerra y
legiones de ángeles? (2Reyes 6-17; Mateo 26 :53). ¿Por qué Dios lleva
gloriosos títulos de guerra tales como: el Dios fuerte de Jacob, el Dios
inmortal e invencible, el Dios de los ejércitos, el Dios temible, etc.? Si Dios
lleva estos títulos, seguro se los mereció. ¿Pero dónde obtuvo estos títulos? ¿Hubo
guerras en la eternidad pasada entre Dios y el mal o con otras fuerzas de las
que la Biblia no juzgo necesario hablarnos? Si el diablo se atrevió a desafiar
al Dios Altísimo, entonces, aparece más que un simple ángel rebelde que fue
antes creado por Dios. Hubiera adquirido su poder del mal. En efecto, todo deja
creer que el mal existió en la eternidad pasada antes de aparecer súbitamente
en el corazón de Lucífero (ver Ezequiel 28:15). La guerra entre las divinidades,
la en la que el hombre está implicado se desarrollo desde la caída
de Adán y la raza humana entera sufre de ello. Satán, el mal
y la muerte serian los beligerantes que vencer y asistimos impotentes a este
combate espiritual.
¿Por qué Satán (el mal
por excelencia) se llama el hijo de la mañana? (Isaías 14:12) Podemos por lo
tanto preguntarnos: ¿sería hijo de la mañana y de quién o hijo de la mañana y
de qué? ¿Nació en la mañana o es el resultado del matrimonio de dos formas de
luz? Si Satán (el mal) se llama hijo de la mañana, entonces habría heredado
todas las características de la mañana: la naturaleza sombría y pecadora, la
oscuridad, la indecisión, la promesa de una luz y de un sol que vacilan en
expresarse, la imperfección, el mal…
2. La segunda serie de interrogantes
¿Por qué el árbol del conocimiento del bien y del mal fue colocado en
medio del jardín de Edén, en aquel lugar inevitable? ¿Por qué Dios prohíbe a
los primeros habitantes de la tierra comer de sus frutas? Aquel misterioso
árbol parece ser una personificación del mal y según toda evidencia, fue Dios
quien lo planto en medio del jardín de Edén. El mal debía entonces existir
mucho tiempo antes de que el diablo lo tomara como emblema, su caballo de batalla
y único instrumento de combate. El mal podría ser necesariamente
una de las fuerzas de este universo y por consiguiente tenía el derecho oficial
de estar representado en Edén a la manera de todos los estados de este mundo
que están representados en la ONU.
¿Por qué hay el bien y el
mal? Por qué el mal es sinónimo de dolor y de sufrimiento mientras que el bien
es sinónimo de felicidad, de paz y de alegría? Por qué se excluyen y por qué se oponen? ¿Por qué se esfuerzan por dominarnos y conquistarnos? Tal
vez son una complementariedad necesaria, una necesidad de darse a conocer uno y
otro. Sin la existencia del mal, ¿conoceríamos la felicidad en toda su
plenitud? ¿Cómo sabríamos que esta es la felicidad y cómo podríamos saborearla?
Es la intensidad del mal que no visito la que nos permite descubrir y medir los
diferentes grados de la felicidad por una comparación con el mal. Estas dos
fuerzas están pues al servicio de uno y otro. Si tal es el caso, entonces, el
mal nunca desaparecerá. Aunque desapareciera lo necesitaríamos después de un
largo periodo de monotonía y de aburrimiento en la felicidad para volver a
encontrar un juicio justo, un ajusta apreciación de los valores morales. En
efecto, uno puede acabar por aburrirse de la felicidad. Prueba de ello es que
nadie nunca saboreo la felicidad y la paz a perpetuidad pero sabemos a través
del ejemplo de Adán y Eva que es posible hartarse de la felicidad. En efecto,
sin haber experimentado el menor mal, sabiendo sin embargo que existía,
acabaron por buscarlo, por encontrarlo, por aceptarlo y lo introdujeron en su
vida. He aquí que el mal es ahora omnipresente.
Quizás también el hombre encontró el
camino de su divinización por el mal, y nos quedara una última etapa que
franquear. La de la perenización de nuestra materia. No dijo Dios: he aquí
el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que
no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para
siempre (Génesis 3:22). Si hubiéramos alcanzado aquel árbol, entonces nos
hubiéramos vuelto como el Dios inmortal, pero de una inmortalidad nefasta
porque siendo habitada por el mal, el mal entonces, podría perpetuarse por
nosotros.
¿Habíamos precipitado nuestra madurez
como hijos de Dios? ¿Habíamos saltado etapas? El paso por el valle del mal fue
ciertamente precipitado por el hombre o por el maligno sin la aprobación de
Dios; pero es un camino ineludible porque según toda evidencia, Dios mismo
habría pasado por él. Ya que dice que el
hombre es ahora como el conociendo el bien y el mal, como descubrió el mal en
su especificidad si no lo experimentó?
Estuvimos creados, imagen visible del
Dios invisible. Sin duda, somos dioses y mientras vamos a tientas en busca de
nuestra identidad, la materia echo a hablar, a pensar, a andar, en resumen, el
hombre mismo esta imitando perfectamente a Dios por su capacidad en crear
ordenadores sofisticados que piensan y aparatos que sondean sin fin las
profundidades del cosmos: el hombre estaría en busca de su creador? ¡Dios se
dejara hallar en alguna lugar allá, arriba! Si, si tal
es su voluntad. Declaro una verdad que es válida para todas las generaciones: y
me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.
(Jeremías 29:13). Si se puede volver a encontrar a Dios en lo espiritual,
también se puede encontrarlo en lo material o quizás por la combinación de
ambos: si la religión y la ciencia traban amistad, si las oraciones y las
investigaciones científicas conjugan sus esfuerzos, entonces tal vez Dios se
dejara hallar. Quizás también lo hemos hallado ya, siendo una parte de su
naturaleza habitada por el mal. Entonces, una decantación del mal que existe en
nosotros deberá hacer de nosotros lo que es en su plenitud.
3.
3. El método de redención
¿Por qué Dios sacrifico a su hijo único para salvar a
la humanidad? ¿Por qué la sangre del dulce Jesús fue derramada por el perdón de
nuestros pecados? ¿Dios no pudo sencillamente perdonar al hombre y suprimir al
maligno quien fue la causa primera de la caída del hombre? La Biblia
enseña que Cristo habría venido a salvar a la humanidad. Entonces, las
cuestiones siguientes me parecen muy lógicas: ¿salvar a la humanidad de quién o
salvarla de qué? ¿Del pecado? ¿De la muerte? ¿Del maligno o de la ira de Dios?
Todos los que pretenden haber sido salvados no escapan sin embargo de estas
plagas porque siguen cometiendo pecados, son atacados por los demonios, viven
en el miedo al infierno o a la incertidumbre del futuro y mueren como cualquier
ser. En la misma lógica, el redentor quiere redimir a los hombres. ¿Pero
redimirles de quién, redimirles de qué? El verdadero sentido de la redención y
de la salvación de los hombres tal como lo define la Biblia, podría hallar una
explicación en la obra misteriosa de la creación del séptimo día.
Fue
por la astucia y por una transacción que el maligno arranco de las manos del
hombre a la creación entera. Asimismo, por una transacción, el Señor Jesús,
volverá a coger su botín al maligno para devolverlo al hombre: el jardín de
Edén era el centro del universo espiritual donde todas las tendencias
espirituales estaban representadas a la manera de la ONU donde cada entidad
política se hace valer. En un jardín tal como Edén estas tendencias solo pueden
existir bajo la forma temporal de un árbol y fue lo que los primeros
hombres eligieron comer. El árbol del conocimiento del bien y del mal bien podría ser
el alma o el espíritu de Lucífero. Fue por un alimento corrompido que el hombre
conoció la caída, de la misma manera, será por un alimento que el hombre
volverá a levantarse de su caída: el segundo árbol presente en el jardín de Edén tiene como
propiedad dar la vida eterna a cualquiera que comiera de ello. Este árbol podría ser el
alma o el espíritu de Dios o el de su hijo. Si el hombre quiere curarse de su mal y
vencer al pecado y a la muerte, debería comer de aquel antídoto. No dijo
Jesucristo:
Yo soy el pan vivo que descendió del cielo;
si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi
carne, la cual yo daré por la vida del mundo... Si no coméis la carne del Hijo
del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día
postrero… El que come mi carne y bebe mi sangre, en mi permanece, y yo en él…
(San Juan 6 et 41-59). Aquí, no se trata de alguna forma de
canibalismo sino más bien de un alimento y de una bebida espiritual con los
cuales Dios sacia a los que creen en él. Al absorber la fruta del conocimiento
del bien y del mal, el pecado que es la sustancia del maligno echo raíces en el
hombre. De modo que, ya no es el hombre quien vive sino más bien el mal que
vive en el hombre. Pero con su muerte, Jesucristo alimenta al alma y al
espíritu del pecador de su sustancia. Y por esta comida espiritual el alma y el
espíritu muertos empiezan a vivir de nuevo. Tal es el plan de Dios para el
rescate del hombre y de todo cuanto perdió en su caída. Sacrificar a su propio
hijo para que el hombre (ambas creaciones confundidas) vuelva a vivir de la
vida de Dios. Escuchamos lo que dice el salmista:
- Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.
(Salmos 42: 2).
- Dios, Dios mío eres tu; de madrugada te
buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida
donde no hay aguas… (Salmos 63: 1). ¿De qué sed pensáis que se pueda
tratar?
Esta transacción se hace a coste de sangre y
de muerte. Si, si Dios quiere salvar a los hombres, si quiere redimirles,
tendrá que morir. La muerte del hijo de Dios. Al morir en la cruz, Jesucristo
transmitió su vida al hombre que era espiritualmente muerto. El hombre vuelve a
recibir la luz de Dios que lo cubría antes de su caída y que le fue quitada por
el maligno. Así, el espíritu del maligno que vivía en el hombre esta sustituido
por el espíritu de Jesús Salvador. Nos convertimos entonces en una nueva
creación. Seres de un nuevo nacimiento. No de un nacimiento de carne sino de un
nacimiento espiritual. Los escritos misteriosos del profeta Ezequiel predijeron
esta transacción con un adelanto de siete cientos anos. He aquí lo que anuncia
por parte del Maestro del universo: Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras
inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y
pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón
de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi
Espíritu… (Ezequiel 36 : 25 -27)
Se trata de una transacción de voluntad a
voluntad durante la que el hombre reconoce su situación y acepta la obra de
redención. Y por el acto del bautismo, el redentor la rescata y lo hace pasar
de las tinieblas a la luz. Hijo de Satán, os transformáis en una nueva
criatura, un hijo de Dios.
El
Señor Jesús decía:
- El que creyere y fuere bautizado, será
salvo; mas el que no creyere, será condenado. (San Marcos16:16)
- Yo soy el camino, y la verdad, y la vida;
nadie viene al Padre, sino por mí. (nadie es salvado sino por mi). En
efecto, la Biblia ensena que: Porque de tal manera amo Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas
tenga vida eterna. (San Juan 3:16) Este mensaje es muy conmovedor porque
demuestra la profundidad del amor del Dios creador para los hijos perdidos de
la segunda creación antes de la destrucción del apocalipsis. Esto es el plan de
Dios, esto es el mensaje de La Biblia, y éste es el principio velado del
cristianismo.
4. El ejercicio del poder absoluto
Fuera del Señor Jesucristo y de sus adeptos, es difícil incluso
imposible para un ser humano resucitar a un muerto con la palabra. Así, el
poder de crear a una persona o de resucitarla cuando está muerta es un poder
específicamente divino que llamo « el poder absoluto. » El Dios creador dio a
sus hijos el de ejercer este poder por medio de la fe. La fe nos permite pues
ejercer el poder absoluto y hace dioses de nosotros. En efecto La Biblia afirma
que somos dioses y Jesucristo lo confirmo en la epístola de Juan. Somos dioses
privados del poder divino. Este poder divino fue arrebatado por el maligno
durante la caída del hombre. Sin embargo, podemos volver a encontrar este poder
y activarlo de nuevo y volver a ser plenamente como Dios con todos sus
atributos si lo queremos. Pero existe una condición sine qua none. No se puede hablar de divinización sin reconocer
previamente la existencia y la autoridad « del Dios Supremo » y este
reconocimiento no es más que la fe. La activación del poder divino pasa por lo
tanto por un camino divino que no es más que la fe. Y como por encanto, la
carta a las siete iglesias del libro de la revelación en los capítulos dos y
tres nos muestra el camino de nuestra divinización:
- Al que venciere, le daré a comer
del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. ¿No fue
este árbol al que antes Dios impidió al hombre alcanzar expulsándole fuera del
jardín? Comer de la fruta de este árbol, es adquirir la inmortalidad y es
exactamente lo que necesitamos para acabar nuestra divinización.
- Al que venciere, yo lo haré columna en el
templo de mi Dios, y nunca mas saldrá de allí ; y escribiré sobre él el
nombre de mi Dios… Convertirse en columna en el templo de Dios y no salir
más de allí, esto significa que os convertís un componente de Dios y que vivís
en el mismo corazón de Dios. Y si el nombre de Dios está escrito sobre
vosotros, esto significa que vuestro nombre es Dios y que por consiguiente sois
Dios.
- Al que venciere, le daré que se siente
conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su
trono. Si lográis sentaros en el trono de Dios, entonces sois Dios. Así, el
camino de la divinización del hombre pasa por la fe y es por eso que los que
tiene la fe ejercen ya el poder absoluto. Es como si hubieran conseguido ya la
victoria y tienen la seguridad de sentarse en el trono de Dios. Hay pues un
vínculo fundamental entre la fe, la victoria, la resurrección, el poder
absoluto, Dios y la vida eterna. De modo que se puede decir sin equivocarse que
el que tiene la fe detiene el poder de resurrección; el que tiene el poder de
resurrección tiene la vida eterna y el que tiene la vida eterna es Dios. El
Señor Jesús lo confirma: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el
único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (San Juan 17:3)
Así: la fe, la victoria, el ejercicio del poder absoluto, el consumo de la fruta de la inmortalidad, la divinización
del hombre son una sola y misma cosa. Y esta cosa es la salvación que se
consigue por el bautismo del Espíritu Santo porque el Espíritu Santo es el
soplo y el alma misma del Dios creador. Estuvimos creados imagen visible del
Dios invisible y por esto, nuestro espíritu es una parte intrínseca e
infinitesimal del Dios vivo. En este proceso de divinización, nuestro cuerpo
corrupto y mortal será reemplazado por un cuerpo incorruptible que será
esencialmente constituido por la llama del Espíritu Santo.
5. La encrucijada de los caminos
Los
matemáticos dicen que todas las paralelas se cruzan al infinito. Si me
permitís, el infinito es la eternidad. La marcha de la historia de la humanidad
es una marcha que converge positivamente hacia el infinito de modo que no hay
marcha atrás posible. Los astrofísicos en cuanto a ellos, después de haber
estudiado el cosmos y determinado el origen del sistema solar, la formación de
los astros y de la vida, concluyeron que el universo y la vida siempre
existieron desde la eternidad (Origen). La religión cristiana confiesa lo mismo
porque, hace unos tres mil años de nuestros días, el Dios de los hebreos decía:
yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios. (Isaías
44:6). El Señor Jesús, el fundador del cristianismo, durante su paso sobre la
tierra declaro también: « soy la resurrección, soy la vida. Soy el principio
y el fin... » Aquí es por lo tanto donde se encuentran el judaísmo y el
cristianismo. Aquí es también donde la ciencia y la religión hablan es mismo
lenguaje y se cruzan. Aquí es donde el conocimiento y la sabiduría se fusionan.
Aquí es también donde se halla el secreto mismo de Dios, el secreto de su
nacimiento. Aquí es donde el círculo se cierra dejándonos ignorar donde empezó
y donde se cerró. Para conocer este secreto de Dios, para descubrir al que
creó al creador, hará falta primero aceptar por la fe la
existencia de un Dios creador y esta fe nos dará el poder de la resurrección y
la vida eterna, y cuando seamos como Dios, entonces lo sabremos todo.